Título en España:  Los niños del fin del mundo
Título original: Sag-haye velgard (Stray Dogs)
Año: 2004
Duración: 89 min.
País: Irán
Dirección: Marzieh Meshkini
Guión: Marzieh Meshkini
Música: Mohammad Reza Darvishi
Fotografía: Ebrahim Ghafori, Maysam Makhmalbaf
Dirección de producción: Akbar Meshkini
Montaje: Mastaneh Mohajer
Intérpretes: Gol-Ghotai, Zahed, Agheleh Rezaie, Sohrab Akbari, Jamil Ghanazideh, Agheleh Shamsollah, Razeddin Sayyar, Maydeh Gol, Akhtar Abdolaziz, Emir de Ghomri Valad, Shah Mahmood Golbahari, Emameddin Vakil
Sinopsis: Dos niños, un hermano y una hermana, rescatan un perro perdido en las calles de Kabul. Esa misma tarde visitan la cárcel donde está presa su madre, y como no tienen dónde vivir, les permiten quedarse con ella por las noches. Pero a la mañana siguiente les prohíben volver a dormir en la prisión. Desesperados, los niños intentan por todos los medios cometer pequeños delitos para ser encarcelados, sin éxito. Un fugitivo les cuenta que se pueden inspirar para robar viendo películas americanas. Pero será con el cine europeo como aprenderán a ser atrapados.

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Los niños del fin del mundo (Sag-haye velgard, 2004), dirigida por Marzieh Meshkini y producida por Irán, Francia y Afganistán, nos sitúa en el Kabul post-talibán para contarnos las aventuras y desventuras de dos hermanos, Zahed y Gol-Gothai, cuyos padres se encuentran presos. Su único objetivo consistirá en conseguir dormir cada noche en compañía de su madre. Para ello, veremos las situaciones que inocentemente provocan los hermanos y cómo la realidad acaba imponiéndose sobre sus sueños infantiles.


(El siguiente texto ha sido extraído de http://correiacine.blogspot.com/2007/02/sag-haye-velgard-perros-callejeros-204.html)

Escuchamos Irán y pensamos en las giras de Hugo Chávez, en el eje del mal, en la bomba atómica explotando en Tel Aviv, en Mahmud Ahmadinejad en el aeropuerto Maiquetía, en el libro de Kapuściński y en la barbita del ayatolá Khomeini. Para mí, Irán también es sinónimo de uno de los cines nacionales más poderosos, líricos y prolijos que he presenciado. El romance comenzó con un ciclo de cine iraní en la Cinemateca Nacional en agosto de 1995, con películas que jamás olvidaré: El corredor (1985) y Agua, viento y polvo (1989) de Amir Naderi, Bashu, el pequeño extranjero (1988) de Bahram Beyzai y Granada y caña (1988) de Saied Ebrahimifar. De este ciclo surgió, por intermedio de Liliana Sáez, una oportunidad para escribir en mi idolatrada revista Encuadre, que finalmente no se concretó porque yo no daba la base con la pluma. En verdad os digo: si oyen de una película iraní en Caracas, corran a verla. Este viernes 16 de febrero de 2007, con el Carnaval y la alegría general urbana ante la perspectiva de cuatro días libres en el oxígeno de una bonita tarde en el eje Altamira-Chacao, me acerqué al Celarg a las 5:00 pm a ver Perros callejeros. Creo que era el último día que iba a estar en cartelera…

Es asombroso cómo se conecta Perros callejeros (2004) con aquellas películas iraníes que vi en 1995, a pesar de que éstas se filmaron unos 20 años atrás. Es cierto, quizás eso puede sonarles a anquilosamiento o parálisis de una cinematografía. Pero también a una garantía de calidad estética impecable y a niños que nos aplastarán sus actuaciones y sus dignidades en la cara. Debido a que muchas de las películas de Irán son auspiciadas por el Instituto del Desarrollo Intelectual de la Infancia y la Adolescencia, suelen ser protagonizadas por niños (lo que también puede ser visto como una oportunidad para escapar hábilmente de la censura hacia los temas más adultos). No puedo referirme a Perros callejeros sin mencionar a Gol-Ghotai. Una niña de seis o siete años con peinado de baby rasta. Creo que tiene los cachetes más hermosos que he visto jamás en una sala de cine. Así debe haber sido mi amiga Marjo cuando pequeña. Podría pasarme 24 horas seguidas viendo a Gol-Ghotai actuando, oliendo el pan ácimo caliente, gestualizando, parpadeando con sus ojitos mogoles, caminando con su compacto cuerpecito cubierto de harapos, interactuando con su pequeño perrito. Dios, debo volver a ver a Gol-Ghotai en alguno de los 14.000 días que, siendo optimista, me restan más o menos de vida.

Perros callejeros es una historia de denuncia, de denuncia de exclusión y del desamparo absoluto. Zahed (una especie de Val Kilmer en miniatura) y Gol-Ghotai, dos hermanitos de Afganistán, son hijos de un Talibán que está a punto de ser enviado a Guantánamo (en el filme se hacen algunas menciones referenciales al 11 de septiembre de 2001, aunque sin juicios de valor) y de una mujer que está presa y en espera de ejecución por haber contraído nupcias por segunda vez, lo que en este contexto equivale a ser una prostituta. Por este motivo, Zahed y Gol-Ghotai están del timbo al tambo. Vivían con su mamá en el retén femenino, pero salen de allí para ir a conversar acerca de su futuro con su padre en otra cárcel, y ya no pueden volver a entrar (la cárcel, o sea, el encierro, se convierte para los niños en refugio, al que tampoco pueden tener ya más acceso: prisión interior y exterior). Acompañados por un perrito que sirve de conciencia muda (Gol-Ghotai: “¿Tú entiendes a los humanos, perrito?”), sobreviven a medias escarbando en rellenos sanitarios.

Observo la factura de la fotografía de Perros callejeros y no puedo dejar de sentir vergüenza nacional por algunas de las películas que se han estrenado recientemente en Venezuela. Perros callejeros posee la textura y la sensibilidad visual de los grandes clásicos del cine de todos los tiempos: pienso en la imagen de la gran argolla que sirve de símbolo de la cárcel; en la celadora del penal femenino que exclama “¡A dormir!”, en la prisionera que arranca hojas de un libro para alimentar la hoguera, en el pequeño homenaje a Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica, en el viejo cascarrabias que vive en un Volkswagen polvoriento, en la composición fotográfica que contrapone el cielo azul y gélido del anochecer de la estepa de Asia Central con la mancha del insignificante fuego que hacen los hermanitos para no morir de frío. Hay un diálogo entre Gol-Ghotai y un carcelero en las afueras de la cárcel que me pareció totalmente surrealista, lo transcribo de manera aproximada:

-Gol Ghotai: Señor carcelero, imagínese que yo fuera este perrito en vez de ser la hija de una prisionera. Si al perrito lo intentaran quemar vivo y luego no lo dejaran entrar en la cárcel para ver a su madre, ¿usted creería que es justo?

-Carcelero: Niña, no trates de romperme el corazón. Si tú fueras guardia y ganaras un dólar al día a cambio de evitar que una niña entre a ver su madre, ¿creerías que es justo?


Más información:
http://www.heroinas.net/2017/08/marzieh-meshkini-cineasta-irani.html