Título en España: La pequeña Lola
Título original: Holy Lola
Año: 2004
Duración: 125 min.
País: Francia
Director: Bertrand Tavernier
Guión: Tiffany Tavernier, Dominique Sampiero y Bertrand Tavernier
Fotografía: Alain Choquart
Música: Henri Texier
Dirección artística: Giuseppe Ponturo
Vestuario: Eve-Marie Arnault
Montaje: Sophie Brunet
Intérpretes: Jacques Gamblin, Isabelle Carré, Bruno Putzulu, Lara Guirao, Frédéric Pierrot, Maria Pitarresi, Jean-Yves Roan, Séverine Caneele, Gilles Gaston-Dreyfus, Rithy Panh
Sinopsis: Pierre y Géraldine, una pareja que desea adoptar a un bebé, emprende un viaje a Camboya, un país castigado por la historia. Una vez allí, comienza una aventura agotadora y extraordinaria: visitas a orfanatos, enfrentamiento con las autoridades francesas y camboyanas, amenazas de traficantes y, además, el recelo y la envidia, pero también la ayuda, del grupo de aspirantes a padres adoptivos que el azar ha reunido allí. A raíz de esta peregrinación, la pareja se desgarra, se reconstruye y se transforma para siempre.

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Una película muy relacionada con las situaciones que encuentran los adoptantes de adopción internacional es La pequeña Lola (2002) del director francés Bernard Tavernier. Pierre y Géraldine, una pareja que desea adoptar a un bebé, emprende un viaje a Camboya, un país castigado por la historia. Una vez allí, comienza una aventura agotadora: ronda de visitas a orfanatos, enfrentamiento con las autoridades francesas y camboyanas, amenazas de traficantes y, además, el recelo del grupo de aspirantes a padres adoptivos que el azar ha reunido allí. A raíz de esta peregrinación, la pareja se desgarra, se reconstruye y se transforma para siempre.


(El siguiente texto ha sido extraído de http://www.miradas.net/2005/n43/criticas/10_lapequenalola.html)

Cualquiera que directa o indirectamente, haya conocido el funcionamiento de los sistemas de adopción, ya sea ésta nacional o, lo que es más frecuente, internacional, sabrá que es éste un proceso largo, muy largo, y costoso, tanto económica como moralmente y que pone a prueba la salud y la estabilidad emocional de los osados que tras muchas reflexiones y renuncias, se deciden a emprenderlo. Eso sí, también sabrán aquellos, entonces, que los beneficios obtenidos, cuando llegan, son enormes y borran de un plumazo todo los sufrimientos de este proceso desesperante y tedioso de la adopción.

Pues eso, exacta y simplemente eso, es lo que nos propone Tavernier en su última realización; y en consecuencia es ahí donde residen todos sus aciertos y sus problemas, puesto que como decimos, cualquiera que conozca los entresijos de las adopciones conocerá ya todo lo que la película tiene para ofrecerle (salvando el hecho, siempre agradable, de reconocer como propio lo que se ve en la pantalla del cine).

En concreto la película se centra en las peripecias de una pareja de la burguesía francesa, que deja su magnífica casa en las montañas de la Auvergne (descritas con mimo por las imágenes iniciales del film) para llegar a Camboya y tratar de adoptar a un bebé. Allí, su historia personal se entrecruzará con la de otras tantas parejas francesas que se encuentran en su misma situación, alojadas todas ellas en un mismo hotel, que se establece como el centro neurálgico a partir del cual se desarrolla el film. A partir de las relaciones entre las distintas parejas, Tavernier y sus guionistas trazarán una suerte de anecdotario sobre la adopción (una especie de grandes éxitos) en el que cada uno expone su caso particular, con sus momentos agrios y sus momentos dulces, en el camino de la adopción.

En esta odisea particular el ogro al que se tienen que enfrentar las parejas se personifica en las carnes de los funcionarios, de aliento kafkiano, y los directores de orfanatos camboyanos, todos ellos corruptos, siempre dispuestos a recibir algún regalo a cambio de la firma necesaria y que se dedican a hacerle la vida imposible a los futuros padres; pero por encima de éstos sobrevuela aún otro ogro mayor, que no se ve pero que deja huellas de su presencia: los adoptantes norteamericanos, que a golpe de talón se llevan para ellos a todos los niños disponibles.

Pese a que todos estos apuntes y el repertorio de anécdotas tengan la clara marca de lo verídico, y la puesta en escena de tono documentalista (de reportaje de qualité, más bien) lo apoye con sus imágenes; el resultado final se antoja más bien parcial, partidista (el punto de vista de Tavernier está claramente situado con sus adoptantes franceses, sin medias tintas) y la crítica parece señalar tan sólo hacia los ya citados norteamericanos (1) y los funcionarios camboyanos; sin llegar a asomar para los gobiernos europeos (el francés, en éste caso) que conocen y permiten en gran medida estos desmanes, y que convierten la adopción, a poco que lo pensemos, en una simple cuestión de compra-venta de niños.

Tavernier desde el arranque del film nos arroja, al mismo tiempo que a sus personajes, a un mundo caótico: la identificación público-personajes es total, saliendo todos a una a la terminal de llegadas del aeropuerto y siendo conducidos caóticamente a un taxi, casi sin proponérselo. El tráfico que se dirige en innumerables carriles simultáneamente y en otros tantos medios de transporte bajo la lluvia torrencial, es lo primero que percibe la ilusionada pareja (y el público) a su llegada; una mirada exótica, y aún confiada, de la pareja (del público) hacia el exterior del taxi, que se detiene en todo lo que resulta pintoresco para el ojo occidental. La llegada al hotel, las primeras amistades con otros adoptantes y las primeras frustraciones se irán sucediendo, revelando a cada paso que nada es lo que parece y que todo tiene un doble sentido (sobre todo en lo que a las amistades se refiere). Sobre este caos inicial, se irá produciendo a medida que el metraje avance una aclimatación (la larga duración de la película se conduce también en esa línea de equiparar el sufrimiento de los personajes con el del público), haciéndonos ver el orden propio (no occidental) que reside en los comportamientos y la manera de conducirse de los camboyanos, y la influencia que esta aceptación de los nuevos ritos y tempos tienen en los personajes. Ahí es en dónde el saber hacer de Tavernier se nos muestra: sólo cuando éstos consigan adaptarse al entorno (no imponerse a él), la historia llegará a buen puerto (2).

Donde la película suena menos convincente es en los un tanto descuidados, contrapuntos íntimos de la pareja, que se repiten a modo de leit-motiv estructural, y en los que arropados por la oscuridad de la noche, Pierre y Géraldine sacan al exterior ciertos problemas personales de corte psicoanalítico que en lugar de otorgar peso a los personajes, los vuelven un poco más extraños a ojos del espectador.

Por otro lado, la vía más interesante (aunque más dura y que probablemente llamaría menos a los intereses de la taquilla) es la que se intuye en ciertos momentos en el que los personajes son conducidos, informados casi a modo del documental de puesta en escena, de la situación del país por algún experto: ya sea la escena de la visita al vertedero, donde aguardan decenas de adolescentes para rebuscar entre los escombros, o las desactivaciones de las minas entre los arrozales, que se sitúan dentro del proceso de adaptación de los personajes del que hablábamos anteriormente (3).
Como resultado de todo ello Holy Lola deviene una película un tanto más amable de lo que cabría esperar por parte de Tavernier, ofreciendo una visión un tanto complaciente, sin aristas, destinada a un público conocedor y ya concienciado con la proposición dada de partida.

(1) Conociendo a Tavernier, parece que aquí quiera trazar un sutil paralelismo a la situación del cine estadounidense frente al europeo.
(2) La evolución de los medios de transporte en los trayectos de los protagonistas, es claro ejemplo de ello: desde su llegada y sus primeros intentos de viaje en el taxi, que les suponen una serie de pequeñas estafas, hasta la consecución de una moto propia para desplazarse, pasando por distintos métodos de viaje.
(3) A modo de homenaje, Tavernier introduce en un pequeño papel al camboyano Rithy Pahn, director de la excelente S21 – La machine de mort Khmere rouge, y una escena de visita a una exposición de fotografías de los desaparecidos a manos de los khmeres (que pese a todo suena a resolución un tanto acomodaticia: las futuras madres pasean emocionadas entre las fotos).